jueves, 5 de febrero de 2015

Ostentosa Lujuria

Ella iba delante de mi. Ni bella, ni fea, se exhibe con ostentosa lujuria. Son las 7 de la mañana, puente 9 de Diciembre, de El Paraíso hacia San Martín. Gente va y viene, es hora de entrar a la escuela, es hora de ir a trabajar. Ella prosigue su paso, con ostentosa lujuria. No exhibe un Samsung Galaxy SonGiven, ni prendas de oro, ni traje de Carolina Herrera. No es modelo, no es Miss Universo, mucho menos Miss Venezuela. Pero camina con ostentosa lujuria: en su mano izquierda, no la que da a la baranda del puente, que mira hacia la autopista, hacia El Guaire, hacia el Ávila lejano, sino la que da hacia la calzada, la vía, por donde los motorizados te escanean a lo lejos y calculan el arrebatón; en su mano izquierda, decía, lleva una bolsa de plástico, transparente, que expone medio kilo de café, dos kilos de azúcar, uno de harina P.A.N. y un litro de Mazeite. Sí, balancea la bolsa con ostentosa lujuria.

sábado, 24 de agosto de 2013

El duende de Candilito



Sigo adherida a La Candelaria. En plena avenida Urdaneta, un duende usurpa el sitial destinado a los fiscales de tránsito, se para allí, y con un aro verde plástico de ula-ula, comienza a hacer ingenuas piruetas... nada de ponérselo en la cintura y batir las caderas con frenesí. Es un galleguito, canoso, con medio bigote, cachucha y franela de rayitas. Se parece a Miliki, el payaso español que solía divertirme con Gaby y Fofó cuando el canal 8 era de todos los venezolanos y de todo el mundo, incluso de los selenitas. Nuestro viejito actual sólo pide que alguien se pare y le lance una moneda. Mejor si es billete. Sin embargo, los fiscales ahora multiplicados por un millón, compiten por el sitial con el duende de Candilito.

domingo, 18 de agosto de 2013

La soledad del domingo



La nostalgia de un domingo por la tarde. Caen las horas, y una angustia se va apoderando del alma. Para evadir, se enciende el televisor en busca del consuelo necesario. Entonces, una ráfaga de violencia y sangre vuelve a aparecer, como lugar común, ante la pantalla. Uno quiere repetir la protesta, pero se sabe de antemano que nadie escuchará. Las mismas películas, la misma sangre, el mismo tipo matando a los mismos gangsters y de la misma manera. Los mismos automóviles explotando al menor choque, como si estuvieran previamente cargados de dinamita. Las mismas promesas sobre estrenos millonarios (¿cómo serán los pobres?), los mismos títulos. El tedio dominical continúa, y la tarde sigue aburrida llena de calor tropical, de pegoste, de falta de dinero para salir a consumir infinitamente la vida. ¿Será que moriremos de fastidio? No nos perdamos el próximo episodio: sintonícenos cualquier domingo por cualquier canal, para que cambiemos y sigamos igual en la soledad del domingo.

jueves, 24 de enero de 2013

Para volver a devorarnos



La ciudad permanece. Está allí, y uno, como habitante también. Uno habita, va y viene y la ciudad está dentro de uno, pero, a veces, no nos damos cuenta de que formamos parte también de esa ciudad. Caracas se nos mete en el cuerpo, con sus voces, sus sonidos, con sus ruidos. Su violencia nos arrastra, nos persigue, nos acorrala. A medida que transcurre el día, cambia su color, cambian sus texturas. En la oficina, uno se aisla. Pero a lo lejos, sabemos que la ciudad está en el mismo lugar, aguardando nuestra salida para volver a devorarnos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Violencia urbana



La discusión comenzó porque ella no quería aceptarme una moneda de cinco céntimos. "Tres boletos simples, por favor", y le entregué cuatro monedas de un bolívar, una de veinticinco céntimos, dos de diez céntimos y la moneda cobriza de la discordia. No hubo argumento que valiera contra ella, la operadora del Metro en la estación Nuevo Circo. Ni siquiera porque es moneda de curso legal, perteneciente al nuevo cono monetario revolucionario y bolivariano mismo. Ni siquiera. Sin proponérmelo, logré sacarla de sus casillas. Me ignoró. Un chico atónito en la cola me dio los cincuenta céntimos creyendo que a mi me faltaba dinero. La operadora cerró la taquilla y abrió la de al lado para seguir vendiendo. Rendida, me fui a la caseta principal para pedir explicación del por qué no se acepta una moneda de curso legal. Devaluada, sí. Pero legal. Ya la operadora me había dicho que había una especie de "resolución" o "decisión" según la cual esas moneditas chiquitas no eran aceptadas. El de la caseta principal sensatamente dijo que sí, que había que aceptar la moneda. Regresé donde la operadora rebelde, a quien llamaron por teléfono para que le diera a la (supongo que a estas alturas del cuento) "loca" el boleto faltante. La operadora me dio mi boleto, y para  castigarme, de modo tal que yo entendiera que la moneda de cobre es indeseada, persona non grata, rechazada, desdeñada, me la mostró y me dijo: "mira lo que hago con tu moneda", y acto seguido la arrojó al basurero. Dime tú si esta no es una forma de violencia urbana.

lunes, 23 de julio de 2012

Me pasa lo mismo que a usted



Miré de frente el rostro del personaje, y me asusté. Sabía que tenía que decirle algo coherente. Un saludo, "hola" no más. Pero no. No fue posible. Me acostumbré tanto a dialogar desde el teclado, que mirar de frente otros ojos que no sean los míos desde un espejo me asusta. Solo puedo ser sincera con las teclitas y sus pitidos que engendran melodías al azar. Mirar a otra persona, sí, un humano, cierto, ya me atemoriza. No sé qué decir. Mis sentimientos son sinceros en clave de blackberry, android, iphone, nokia o chimberry, y mis amores huelen a tinta de tuiter y feisbuc. No sé si a usted le pasa. Si es que a mi me pasa lo mismo que a usted.

lunes, 9 de julio de 2012

Con su soledad o sin ella



Siete de la mañana. Las paradas de buses y camionetas lucen abarrotadas de gente, a pesar de que el fin del año escolar es inminente y, sí, cada vez hay menos escolares en las calles. Gente seria, gente adusta, bien vestidos, mal vestidos. Con prisa o sin ella. Perfumes que se combinan con el olor de los escapes y con el sudor tempranero. La avenida Baralt luce su impecable inmundicia que ya es atributo de normalidad, costras de mugre y olores imperdonables, eternos. Y sobre esa capa, la gente acepta el desafío y espera paciente por su transporte. Con su soledad o sin ella.